Katesi

KATESI, MÁS ALLÁ DEL AMOR AL VINO 

Por norma general, no se puede escribir o juntar palabras sobre aquello de lo que uno no gusta. El resultado suele ser mediocre… o, en caso contrario, un ejercicio de virtuosismo alzado sobre las mendicidades de la hipocresía. Tampoco se puede ser de Valladolid sin saber algo de vino. Bueno, esto no es más que un tópico que raya el absurdo, por qué no decirlo: no a todos los sevillanos, por el hecho de ser sevillanos, les ha de gustar cantar y bailar sevillanas. Pero en una ciudad como Valladolid, en cuya provincia convergen hasta cinco Denominaciones de Origen, lo antedicho se queda en un segundo plano. Aquí pasamos de una cuestión hedónica y romántica del vino (mi caso) a una pijocultura en torno a él que no conoce límites. Envanecerse a costa del líquido elemento dionisiaco es una forma de distinción entre gilipollas complacientes con el esnobismo, la arrogancia y la charlatanería; cualidades de las que no se libran los supuestos entendidos y profesionales del vino: bodegueros, enólogos, sumilleres, restauradores, periodistas especializados, etc.

Quise saber, por tanto, de lo que se presumía y se alardea. Quise adentrarme en el porqué de la jactancia de tanto «Nariz de Oro» que andaba suelto por tabernas, bares, restaurantes, ferias agroalimentarias o monográficas dedicadas en exclusiva al vino. Y con estas, allá por el año 2007, me las agencié para estar presente en un curso de sumilleres subvencionado por la Junta de Castilla y León, uno de tantos de esos cursos que se organizan con fondos públicos para facilitar la incorporación laboral a desempleados, que en la mayoría de las veces no sirven para nada, pero que son justificación oficial para que los de siempre, y por la cara, se lleven gran parte de las subvenciones destinadas a estos fines a sus respectivas cuentas bancarias. Es la corrupción legalizada.

El curso lo realicé con un sumiller y una enóloga de «gran reputación», cuyos nombres prefiero no sacarlos a la luz: no quiero lastimar sus carreras profesionales. Ambos llevados por el viento que ordena atraer, enganchar y construir la política económica del vino en torno al esnobismo, a la vez que envueltos en lo que no son capaces de entender todos aquellos que, como ellos, viven por y para el vino: que una simple copa de vino lleva implícita toda una Teoría del Conocimiento y toda una Filosofía del Lenguaje; cuestiones de muy alta graduación que trascienden a lo reconocido y ribeteado en el folclore de la enología. No tenían ni idea de lo que suponía y supone la relación existente entre el sujeto que conoce y el objeto que ha de ser conocido; nada sobre la estrecha relación entre percepción y lenguaje, entre la cosa en sí y lo que construye nuestro cerebro como realidad, de cómo nuestra experiencia sensitiva nos engaña… y ponemos nombre al engaño. ¿Qué era exactamente catar un vino?

Después de más de tres meses catando todos los días, de conocer los entresijos de la sumillería, lo básico de la química del vino, etc., de estrechar la mano a tanto sabidillo de ojos vidriosos, el curso, he de decir, acabó como el rosario de la Aurora. Se debió, principalmente, por mis envenenadas interpelaciones, como las del resto del alumnado, a asuntos que tenían que ver con lo descrito en el párrafo anterior, y porque, como ya he dejado entrever, la picaresca docente y la del centro de formación donde se realizaba el curso estaban más pendientes de lo que se iba a escamotear a la Junta de lo que teníamos entre manos. Fue tan descarado el tema y tanta la desorganización que al final la Junta de Castilla y León optó por no reconocer lo que ella misma subvencionaba: no hubo acreditaciones de ningún tipo. La impotencia e indignación fui capaz de transformarlas, a modo de resarcimiento, en una novela a caballo entre lo gótico y el género negro: Katesi.

Todas las controversias, desaires y discusiones que sonrojaban y sonrojan a la curia del vino que salieron a relucir en ese curso de la discordia, lo que aún hoy nadie divulga en público para mantener la hipocresía del vino como negocio, se contienen en Katesi. No dejo títere con cabeza. Toco todos los asuntos. Desde la cata hasta el absurdo de declarar una comarca «Denominación de Origen» por cuestiones de mercado, pasando por el entorchado mitológico y la elaboración del vino. Especialmente soy duro con todo lo relacionado con los pormenores de la cata… y con lo esnob. El lector lo puede comprobar fácilmente. Pero vayamos a los detalles que esconde Katesi.

NOMBRE Y TÍTULO

Hablar de vino es hablar de la mitología que lo contiene. Tenía claro desde un principio que todo habría de girar en torno a Dionisos y a Apolo, que me tendría que arropar con estos dos dioses, con la mitología que conllevan, pues acuñan el sentido de nuestra civilización, de la humanidad y, especialmente, de lo que somos.Es obligado que empecemos por el nombre. Para empezar, Katesi, el vino mitológico griego que da título a la novela, no existe. No es ningún vino mitológico y sobre él no recae ninguna leyenda fantástica ni nada que se le parezca. (Al menos eso es lo que creo). Es producto de mi «imaginación» y de un «peculiar» juego de letras y palabras. (Entrecomillo ya que no estoy muy seguro de que esto haya sido así exactamente. Lo explico más abajo). Pero, al parecer, lo predicado sobre Katesi —etimología, historia y simbología—, que iré dilucidando poco a poco, está tan bien construido que algunos friquis del vino se lo han creído: a mis oídos ha llegado que no pocos propietarios de vinotecas y de tiendas especializadas se han visto sorprendidos cuando varios de sus clientes habituales les han pedido una botella de Katesi. Suele ocurrir en estos menesteres. Hay que dar la nota. Estos clientes, en su papel de anfitrión-esnob, para impresionar a sus comensales en una comida o cena de caché, tienen que dar lo mejor de sí mismos. Por lo visto, después de quedar prendados con lo narrado en el libro corrían a los mostradores para hacerse con una botella. Buscaban online, incluso. Hay que ser imbécil.

KatesiKatesi no existe, pero podría existir. Para mí sería un orgullo que alguna bodega pusiera este nombre a uno de los vinos que elabora. (Ya ha habido pretendientes). Pero por razones que veremos más adelante… creo que será bastante difícil. Como adelanto, «Katesi» es nombre únicamente reservado para hombres y mujeres que se han hecho así mismos, y que viven en el sueño de sus metas logradas, las que sean. No obstante, con toda franqueza, esa reserva solamente se circunscribiría a la mujer, a una bodeguera hecha así misma, por ejemplo, que lo ha arriesgado y dado todo al embrujo de un romanticismo absoluto y sin concesiones, como Irene, la protagonista del libro. Aquella envuelta en el hechizo y la magia del vino obtendría mi más sincero beneplácito, como los honores del gran Dionisos. Katesi es vino de mujer…

Como he manifestado, ahora desenvolviéndome mejor dentro del metalenguaje, «Katesi» es producto de mi «imaginación» y de un «peculiar» juego de letras y palabras. El cineasta japonés Takeshi Kitano y el verbo griego kat-eimi (kat-eimi) tienen la culpa. «Katesi» procede del intercambio consonántico del nombre propio «Takeshi». Cambié de lugar las consonantes «k» y «t» y suprimí la «h», dejando las vocales y la «s» en sus posiciones originales. «Takeshi» siempre me ha sonado bien al oído… y quería algo que reverberase parecido. Después descubrí que «Katesi» como tal es también un apellido japonés. A continuación, dispuse que «Katesi» tenía que albergar una dimensión etimológica griega. Tras arduas búsquedas por el vocabulario y la gramática helenas, cuando me disponía a tirar la toalla y mis neuronas ya se confabulaban para ir pensando en otro nombre, el azar me sorprendió, o, mejor dicho, fue como si el mismo Dionisos, dondequiera que estuviera, hubiese articulado una casualidad imposible de explicar y discutir, obviamente, por vía «racional»: fatum que ahoga todas mis reflexiones lógicas encadenándolas a una sombra esotérica que me perseguirá de por vida, y que a la vez que me desafía me paraliza.

Resumamos que, en el día que menos esperaba, abrí un diccionario de griego que andaba por casa, aparentemente sin ninguna intencionalidad (o guiado por una fuerza de la que no era consciente), justamente por la página en la que se encontraba el verbo kat-eimi. Fue como si el propio Dionisos (o el Daimon) me dijera: «Ahí tienes lo que estabas buscando estos días. Y ahora ponte a trabajar y escribe la historia de mi vino. Haz que me sienta orgulloso». Lo primero que se me pasó por la cabeza en ese instante es que desde un principio yo no «imaginé» ni realicé «cambios consonánticos» de ningún tipo, que mis conexiones neuronales para encontrar un nombre fueron urdidas por Dionisos desde un comienzo, y que de alguna forma él me eligió para contar una historia que narrara cómo el Hombre ha ultrajado su símbolo y la esencia de que se compone, a Él mismo, integrándome en su magisterio como uno más de los suyos. El verbo griego kat-eimi no solo guarda similar fonética con «Katesi», sino que varias de sus acepciones: bajar al Hades, morir; volver, retornar, regresar… recogen el verdadero sentido que quería dar a «Katesi» desde que me propuse mi particular venganza: el vino que prepara a hombres y mujeres para la muerte… y que después regresan de ella; el vino que solo puede ser catado por el alma y no por los sentidos.

Dejando a un lado la cuestión del más allá, la leyenda que añado a Katesi, junto a la pequeña licencia que me tomé al modificar el famoso episodio mitológico en el que Apolo da muerte a la serpiente Pitón en su lucha por hacerse con el templo de Delfos, quiero creer que fue algo de mi cosecha; figuración que aporta el atrezo necesario para unir en una síntesis de contrarios lo que representan Apolo y Dionisos (más de lo que de por sí se deduce como consecuencia del intercambio estacional entre los dos dioses en la jefatura del célebre santuario). En los diálogos que mantienen doña Josefina, alter ego de Sileno, el maestro de Dionisos, con Irene (2012, pp. 288 y ss), sale a relucir todo esto. Le debo a Mircea Eliade las disquisiciones mitológicas al respecto, como  lo que admiten los elementos dionisíacos conectados incluso con el culto cristiano. Pero el súmmum filosófico y estético sobre el que se asienta toda la novela es patrimonio de Nietzsche.

EL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA

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El nacimiento de la tragedia es la obra de referencia sobre la que se eleva Katesi. Es obvio que este no es sitio para realizar un excelso comentario a este primer y gran trabajo de Nietzsche, el cual supondría la base de todo su discurso filosófico ulterior: las relaciones entre Apolo y Dionisos, entre la razón y lo irracional, entre la ciencia y la naturaleza… Siendo extremadamente concisos, y dejándonos muchísimas cosas importantes en el tintero, lo que nos describe Nietzsche en esta obra es la ruptura de la armonía entre los elementos apolíneos y dionisíacos (síntesis que para Nietzsche se encontraba en las tragedias de Esquilo, principalmente) en el arte griego con la llegada del racionalismo socrático, el cual se ve representado en las tragedias de Eurípides. El asunto es bastante sencillo: es el sometimiento de todo lo que simboliza Dionisos a las directrices apolíneas, la vida a la razón. Y esto es lo que ha marcado y marca nuestra civilización. Estamos subordinados a una razón instrumental que eclipsa, humilla y degrada lo que hay en nosotros, en el mundo y en todo el universo de natural.

Curiosamente, en el actual contexto de las neurociencias, desde bastante tiempo a esta parte, se estudia la interrelación de lo que de suyo nos condicionan las estructuras meramente irracionales y emotivas con respecto a lo que consideramos «razón»: la unión sintética que se da en nuestro cerebro de lo apolíneo y dionisiaco. Las alucinaciones auditivas de Irene, que después derivan en delirio y locura, tienen que ver con todo esto. Pero, por ahora, será mejor no adelantar acontecimientos. Lo que nos interesa es la fragmentación entre las formas apolíneas y las dionisiacas; desintegración de la que somos testigos en casi todos los ámbitos de nuestra vida, pero que en Katesi se recompone teniendo al vino como protagonista y metáfora. ¿Aún no sabe el lector de qué estamos hablando?

El vino siempre está relacionado con Dionisos, es su símbolo, una extensión suya; vinculado con todo lo que la deidad representa: naturaleza, alegría, embriaguez, amistad, desinhibición, fiesta, desobediencia a los valores y normas impuestas que socavan la afirmación de la vida tal cual es, a la mesura y contención apolíneas… Pero el vino ha de ser elaborado. Para obtener vino se necesita técnica, un saber hacer, arte, ciencia… tecnología, en definitiva: entramos en el mundo de Apolo. Si somos estrictos, el mundo del vino no pertenece en exclusiva al reino dionisiaco, impera también el gobierno del dios de la razón, de la ciencia, de la medida, del arte espacial acabado y estático (arquitectura y escultura, por ejemplo. Sin ir más lejos, en la construcción de una bodega, por muy simple y humilde que esta sea, quien rige es Apolo: pequeños templos dedicados a Dionisos gracias al ingenio de Apolo. Dicho sea de paso, el arte dionisiaco se caracteriza no ya por la quietud o el estatismo, sino por el fluir, el cambio, el renacer… Las artes temporales como la música y la poesía lírica —el ditirambo— reflejan esto: el movimiento y lo inaprensible del mismo, pues una vez que, por ejemplo, hemos escuchado una nota musical deja de estar ahí). La conjunción de ambas esferas, el modo en que se tienen que disolver estos dos contrarios para ser Uno, cual síntesis hegeliana, se resuelve en Katesi, que no es más que llevar a efecto lo que lleva implícito por activa y por pasiva El nacimiento de la tragedia: es la razón la que tiene que estar al servicio de la vida… y no al revés. Es decir, la enología, la viticultura en su conjunto, de por sí dentro de la jurisdicción de Apolo, ha de extraer la esencia que nos brinda la naturaleza: la vid, la uva, sin ningún tipo modificación que desvirtúe lo que de suyo pertenece a Dionisos.

En los diálogos entre Teófanes (mi personaje preferido, el cual recuerda a Cayo Fernández, el protagonista de Delibes en El disputado voto del señor Cayo), el viejo y humilde bodeguero, que con sus técnicas rudimentarias enseña a Irene la magia y el arte de hacer vino, y la misma joven tocada por la irreverencia dionisiaca, sale a la luz lo expresado en el párrafo anterior (2012, p. 303). La técnica y la ciencia al servicio de Dionisos. Algo así como el raciovitalismo de Ortega y Gasset. Razón vital. La ciencia enológica tiene que «dejar al vino que desarrolle su propia personalidad, no hay que quitar ni poner nada. Hay que dejarlo estar. Si acaso, ayudarlo a convertirse en lo que ya es», decía el viejo Teófanes. Posteriormente, Irene hace lo propio con el salto cualitativo que entraña la nanotecnología. Quise que Apolo, en una de sus manifestaciones más vanguardistas que copan la actualidad científica de nuestros días, estuviera igualmente al servicio de Dionisos. El denominador común, sean cuales sean las transformaciones científico-técnicas dadas, es que la realidad tecnológica no puede infringir castigo alguno a la vida, a la naturaleza, sino desarrollarla y potenciarla.

Es evidente que hoy por hoy lo antedicho no se da en el interior de las bodegas, ni en casi cualquier ámbito de la actividad humana; estamos condenados a sobrevivir en la mezquindad de nuestros propios errores. En el caso que nos ocupa, enólogos y químicos modifican, transforman, la esencia dionisíaca. No expresan su existencia ni mucho menos su identidad. Dionisos sometido a Apolo, a una ciencia sin escrúpulos motivada sobre todo por la razón mercantil, también, como es lógico, apolínea. Las bodegas tienen que satisfacer las demandas del mercado… Y aunque la ingeniera química nos deleite los sentidos, nunca podremos saborear, oler y comprobar con nuestros ojos la magnificencia de la auténtica declaración vital del gran Dionisos. Katesi es crítica de todo esto.

LO QUE QUEDA DEL DÍA. RICARDO E IRENE

El nacimiento de la tragedia, trasfondo filosófico de Katesi, comparte honores con Lo que queda del día (The remains of the day), la novela de Kazuo Ishiguro, llevada al cine por James Ivory, ya que es prácticamente una analogía de la dicotomía que se critica en el ensayo del pensador alemán, y que supone, a su vez, la obra en la que me inspiré para crear los personajes de Ricardo e Irene y su gran historia de amor. Con bastantes matices, Mr Stevens (Anthony Hopkins, uno de mis actores fetiche) y Miss Kenton (Emma Thompson) son los alter egos de Ricardo e Irene, respectivamente.

Lo que queda del díaEn esta novela se puede comprobar fácilmente la oposición entre los elementos apolíneos y dionisíacos. Mr Stevens es todo un canto a Apolo: recto, imperturbable, estricto, anclado en el deber por el deber, al orden, a la ley de la servidumbre, en su recreo, a la lógica obsesiva que lleva a un mayordomo sacar el trabajo de una mansión como Darlington Hall; alguien que no se deja arrastrar por las emociones, incapaz de amar. Por el contrario, Miss Kenton, la ama de llaves, posee las cualidades dionisiacas que tratan de perturbar el ánimo de Mr Stevens: pasional, emotiva, alegre, empática con el resto del servicio, que busca ante todo amar y ser amada… Lo que queda del día es la historia de un amor no correspondido, donde los protagonistas, sabiendo en el fondo que se necesitan mutuamente, apelan al silencio y la distancia para tratar de olvidar el sentimiento que les habría de unir de por vida. Los dos acaban mal. Mr Stevens se refugia en una soledad que ensalza aún más su inconmovible condición de servidor leal. Miss Kenton, por otro lado, intenta poner remedio a un «disimulado» despecho casándose con otro mayordomo al que no ama. Se condena en un matrimonio que ahondará en su infelicidad.

Esa dicotomía, en otro tipo de contexto, la encontramos en la película Avatar, por ejemplo. La exaltación de la vida y de lo vivo, la fusión con la naturaleza —incestuosa, si cabe—, que practican y mantienen los naʼvi en el planeta Pandora, son cualidades propias del reino de Dionisos. Por el contrario, el despliegue tecnológico y armamentístico, más la lógica que lleva a los colonizadores en su intento por expoliar el planeta, todo estimulado por una exclusiva razón instrumental, supone la contramedida apolínea. En la película de James Cameron, Dionisos gana la partida a Apolo. No ocurre lo mismo en la vida real fuera de las pantallas de cine. Pero no voy a volver sobre ello de nuevo. Sigamos.

No me gustó el final de Lo que queda del día (ni el de la película ni tampoco el de la novela). Y me propuse solucionarlo con un amor eterno iniciado en el infierno que habrían de soportar las vidas de Ricardo e Irene en el mundo de los mortales. Los dos amantes, para empezar, suponen la escisión de Apolo en dos realidades tangibles, pero, paradójicamente, creadas por Dionisos, a quien sirven y representan, consecuencia motivada en el universo mitológico que viaja paralelo a la trama terrenal que sufren los protagonistas, habida cuenta de la solución con la que tendría que responder Dionisos para rescatar del Hades a Apolo tras su primer y accidentado encuentro con la serpiente Pitón.

Por separado, Ricardo en su madurez e Irene en su juventud, son manifestaciones de lo que refleja la deidad de la ciencia, la razón y del arte espacial. Ricardo, de similar puesta en escena que la de Mr Stevens, y al igual que Irene tocado desde mucho antes de su nacimiento por el hado sobrenatural de Dionisos, es el gran sumiller impertérrito, elegante, magnético, conocedor, obviamente, de todos y cada uno de los secretos que esconde cualquier tipo de vino elaborado por el Hombre en cualquier rincón del mundo. Cuando presento a Ricardo desempeñando su oficio en la imponente mansión victoriana de influencias góticas en Coria del Río, es un guiño a Darlington Hall. Aparte de su profesión de sumiller, se dedica a la escultura y a la pintura. Con respecto a esta faceta artística, y para contribuir más a su enigmática personalidad, le doté de una peculiar cualidad: la de ser sinestésico.

La lectura del ensayo The Man Who Tasted Shapes (algo así como El hombre que saboreaba formas), del neurocientífico Richard Cytowic, donde este estudiaba la sinestesia en un amigo suyo artista, me proporcionó los fundamentos básicos para entender este curioso fenómeno; maravilla sináptica que Ricardo se guarda con recelo. Me tomé la licencia de verter en su cerebro todas las modalidades y tipos de sinestesia descubiertas hasta el momento, como conferir a Ricardo una capacidad clarividente, derivada de esta afección cerebral, pero que en los sinestésicos reales no se da. La facultad clarividente o la adivinación es una característica también dionisiaca, que en el personaje de doña Josefina cobra especial relevancia: Sileno leía el futuro a todos aquellos que le acompañaban en su embriaguez. Crear un sumiller sinestésico que escuchara aromas, que oliera notas musicales, que con el simple tacto de sus dedos pudiera percibir si un vino ya estaba hecho o no, que saboreara colores, etc., me serviría para profundizar más en la crítica a todos aquellos que tienen la etiqueta de «expertos catadores» y, por supuesto, en todo lo relacionado con la enseñanza de la cata.

La joven y atormentada Irene, por su parte, es la forma de las formas, la belleza en sí hecha carne, la de las hirientes proporciones divinas que perderían a cualquier hombre y a cualquier artista que tratara de representarlas. Toda una doctora en Matemáticas y en Física por el MIT, además de ingeniera en Informática y Telecomunicaciones; relacionada con la arquitectura a través de Claudia, la estudiante de esta licenciatura con la que comparte piso de alquiler. Más apolínea no podía ser. Sufre el martirio de ser una superdotada intelectual en un mundo de mediocres; martirio que se ve agravado por otras «alteraciones» psíquicas que describo un poco más abajo. En Irene incorporo la problemática de los jóvenes altamente cualificados que se ven abocados a redactar sus currículos a la baja para encontrar un empleo basura, algo muy común en estos tiempos.

Dada mi afición por los asuntos relacionados con la filosofía de la mente, al igual que con Ricardo, Irene queda definida, en su caso, con un par de afecciones psíquicas también de un corte singular, además de su superdotación intelectual. Por un lado, di entrada al fenómeno de las alucinaciones auditivas en su diagnóstico «no patológico», es decir, en esa forma en la que tal y como se presentan en algunas personas no cabe calificarla de esquizofrénica en su sentido estrictamente clínico. Las personas que las padecen son absolutamente normales. Eso sí, posteriormente hago que acaben en una locura sui géneris. Por otro lado, la parálisis del sueño es también otra afección que sumo al personaje de Irene. En sus manifestaciones perturbadoras, tanto las alucinaciones auditivas como las parálisis del sueño son, en un principio, los canales por los que se comunican Dionisos y el Daimon con Irene hasta que cobran entidad real en el desarrollo de la novela.

DEPECHE MODE. EL DAIMON

Estas características psíquicas que introduzco en Ricardo e Irene han de entenderse en la ficción como atributos caprichosos con los que Dionisos crea a sus «congéneres». Creaciones sufrientes. Ricardo e Irene son los mortales que pagarán con su sufrimiento la recuperación de Apolo. El amarse será la tortura dirigida e impuesta por Dionisos que acabará con sus vidas, para que después, en el orbe mitológico, se lleve a cabo la unión antes escindida de Apolo, la que le otorgará la fuerza necesaria para vencer a Pitón y hacerse con el templo de Delfos. El amor, algo tan irracional, dará la vida a la razón. Este es el juego que Dionisos se trae: de cómo dos estructuras apolíneas sucumben al tenebrismo de lo irracional, para después recomponer una razón que garantice un orden armónico en el cosmos entre ella misma y lo natural (a vueltas con Nietzsche y El nacimiento de la tragedia o con el raciovitalismo). A su vez, Dionisos, en reparación a sus creaciones, recompensará a Ricardo e Irene, ya en sus formas espirituales, con el amor eterno, el cual discurrirá en un olimpo dionisiaco sin concesiones al espacio y al tiempo.

El dolor es la tónica general que transita a lo largo de Katesi. Ricardo sufre su clarividencia refrendada por las moiras, el Daimon y el propio Dionisos. Con todos ellos toma contacto en su vida terrenal. Ricardo sabe quien es y lo que representa desde que tenía uso de razón. Sabe que su vida es un absoluto determinismo sancionado por Dionisos, transfigurado en Raimundo, el estrafalario coleccionista de vino propietario de las dos únicas botellas de Katesi que quedan en el mundo. Sabe que habrá de morir en las mieles del amor coincidiendo con la finalización de la formación de Irene en todo lo relacionado con el vino. Sufre la pesadilla de serse cómplice del perverso destino que también aguardará al amor de su vida: el inmenso dolor que tendrá que soportar cuando él desaparezca.

Irene es la víctima principal. Desconoce por completo las fuerzas que articulan su día a día. Su trama existencial la presume deducida de su insolente y fuerte carácter. Creyó que empezó a vivir cuando el azar la llevó a trabajar en una tienda de vinos regentada por un enigmático sumiller de quien se enamora perdidamente; amor que va naciendo al mismo tiempo que el embrujo del vino le va cegando la razón: Ricardo y el vino son uno y el mismo. Sucumbe por entero a los dos. Dionisos dispuso que fuera así desde un principio. La perdió en el romanticismo que cabalga la aventura del todo o nada; introdujo su veneno en su mente y en su corazón, la enganchó a una droga cuya ausencia y vacío la dirige al suicidio. Dionisos la lleva al límite. Quitarse la vida, la reacción.

The Sinner in Me, de Depeche Mode, ambienta la escena del suicidio de Irene que abre la novela. Seguidamente, introduzco el flash-back que muestra al lector el recorrido de la protagonista que acabará con su vida. Después, la trama se retoma en ese fatídico desenlace, una vez que Irene ha regresado de la muerte; resurrección obrada por el mismo Dionisos mediante el Daimon. Irene muere dos veces o, mejor dicho, nace dos veces, como Dionisos. El grupo de música británico es otra fuente de mi inspiración. Las letras de sus canciones son las sombras bajo las que duermen mis momentos creativos. Y Katesi se empapa de la estética siniestra cuasi gótica que refleja la banda. The Sinner in Me nos cuenta la angustia que sufre una persona que se reconoce pecadora, que tiene el pecado de por sí dentro de ella; del tormento de un drogadicto por deshacerse de su condición y que no puede, tortura que se aplaca dejándose caer una y otra vez en el infierno, alimentando y reafirmando su índole autodestructiva. La droga como problema y solución. La letra resume metafóricamente la situación por la que atraviesa Irene una vez muerto Ricardo: la de alguien que se sabe pecadora por haberse dejado arrastrar por un amor que la fatalidad le ha quitado; la de verse traicionada por el maldito destino. Una pecadora que para librarse de Ricardo y su mundo ha de volver a ellos. Paradoja irresoluble, pues esa droga ya no existe para ser consumida de nuevo. El deambular destructivo y delirante que realiza Irene para encontrarse con Ricardo tras su desaparición (2012, pp. 346 y ss) es similar al de un drogadicto en plena fase de abstinencia que busca desesperadamente su dosis.

Irene es la imagen de la mujer luchadora, de la mujer hecha así misma, que comienza trabajando de dependienta en una tienda de vinos, que consigue ser «Nariz de Oro» y posteriormente proclamarse mejor sumiller del mundo, concluyendo su paso por la vida convirtiéndose en la bodeguera que creará los vinos que portarán la verdadera esencia de Dionisos. El pequeño Cayetano, narrador omnipresente de las vicisitudes de Ricardo e Irene, de las suyas propias, heredará la responsabilidad de transmitir al mundo los auténticos colores, sabores y aromas del símbolo de Dionisos; tarea que será vigilada y protegida por el Daimon.

El Daimon desarrolla un papel importante en Katesi. Es el espíritu protector de Irene, Ricardo, Cayetano…, que se mueve tanto por el mundo real como por el de los sueños y delirios, es el enlace entre lo divino y lo terrenal. Juego con la etimología del término “*”\:T<“, cuya traducción del griego viene a ser la de destino o divinidad. Como dejo claro en alguna nota al pie de página, de las obligadas que me he visto a colocar para aclarar pasajes e ideas, también alude al daimon socrático: la voz de la conciencia ética que recrimina al mismo Sócrates cuando obra mal, que guarda silencio cuando obra bien. Las alucinaciones auditivas y delirios que padece Irene adoptan igualmente un marco ético. Y como expresé es la vía que tiene el Daimon —y el propio Dionisos— para colarse en su mente y conducirla por donde él quiere, siempre obedeciendo el dictado dionisiaco. Cuando se supone que Irene ya es consciente de lo que es y de la misión que ha de efectuar en el mundo de los mortales, es cuando el Daimon se materializa convirtiéndose en un ser real fuera de su imaginación.

En katesi se insinúan varios daimones. Pero de entre ellos distingo al principal con «D» mayúscula. Sustrayéndome de la etimología, lo que concentra el Daimon es, en primer lugar, la analogía con Pan, el dios de los bosques, de los campos, de los pastores y rebaños, de las riberas de los ríos, de la fertilidad… Forma parte del séquito de Dionisos. Es la divinidad más importante que lo acompaña; de hecho es su lugarteniente. Queda encarnado en la mitología griega por el famoso y lascivo macho cabrío antropomorfo. En segundo lugar, está sujeto, además, de manera evidente, a la forma que la tradición judeocristiana ha dado a esta deidad, es decir, al demonio, el contenedor de toda conducta pecaminosa, obscena,  fatal, dañina y que atenta contra la palabra y los valores de Dios. Daimon o Pan se resuelven en el demonio tal y como lo conocemos, cuya raíz etimológica latina precisamente procede de la griega “*”\:T<“—daimon—, demonio.

El Daimon, el demonio, es el espíritu, ora material, ora etéreo, que, repito, protege las vidas de los protagonistas. Es quien supervisa y vigila la «inversión» de Dionisos. La cómplice relación que mantiene con Ricardo es similar a la que establece la Muerte (Brad Pitt o Joe Black) con William Parrish (Anthony Hopkins) en la película ¿Conoces a Joe Black? Nuevamente, Anthony Hopkins en un film en el que también se inspira Katesi, y que volverá a salir a escena en Áyax, el buscador de silencio de la mano de otro trabajo cinematográfico suyo. El Daimon cuida de Ricardo hasta sus últimos días de vida; es el destino que le va anunciando la proximidad de su último soplo vital. Algo similar sucederá posteriormente con Irene. El cuerpo de novela negra que adquiere Katesi se nutre de los macabros asesinatos que comete el Daimon en defensa de Irene. Braxton, todo un hombre de acción formado en las cloacas de la CIA, será, junto al viejo general Gregorio y el mismo Áyax, quien infructuosamente trate de esclarecer los episodios de sangre y desolación que directamente involucran a su hermana.

KatesiPara concluir, ya en la idiosincrasia editorial y comercial, es preciso destacar la labor del impresentable Raúl Gonzálvez del Águila, máximo responsable de la editorial Grupo Ajec. Ni editor, ni empresario, ni persona: cabrón de puta apaleada. Además, sobresale por su entusiasmo estético. La portada encargada al inútil de turno, un tal Juan del Piñal, cuyo sentido estético, al igual que el del cabrón Gonzálvez, lo debía de tener en el coño de su madre, supuso desde un principio que renegara de mi propia obra. ¿Qué se lee en la portada: «Hatesi», «Hotesi», «Kotesi», «Katesi»…? ¡¡Qué letras!! ¡¡¿Qué pintan ahí la camilla de la abuela, una pistola, un catavinos negro y un frasco de pastillas?!! La cubierta no hace honor ni capta por asomo lo que se desarrolla en la novela. Sí, amigo lector, menuda puta mierda. No hay más que verlo. Al cabrón Gonzálvez lo mandé a tomar por el culo y más tarde lo denuncié a la policía por lo de los derechos de autor: ya intuía que no iba a ver un duro. Pero esto es lo de menos. No se puede decir lo mismo de la portada en la edición de PenBooks, que es la que cito, un lujo, en la que al menos se lee el título como es debido. La vergüenza hizo que declinase ofertas que reclamaban mi presencia en varios programas de televisión. No podía salir hablando de mi libro con semejante chapuza a mi lado. Pero de todo se aprende: no hay que confiar en editores. No obstante, Katesi tuvo la repercusión suficiente a través de la prensa y de publicaciones especializadas en el mundo del vino para traducirse en un clásico, en un libro que a la vez que entretiene hace reflexionar al lector sobre los aspectos racionales e irracionales en los que estamos inmersos, en Apolo y Dionisos, en el universo de la enología.