Áyax, el buscador de silencio

ÁYAX, SILENCIO Y ACCIÓN

En las primeras páginas de Áyax, el buscador de silencio, confirmo las sospechas de aquellos lectores que, habiendo puesto sus ojos en el título, coquetearon con la posibilidad de que el protagonista de esta novela negra tuviera algo que ver con ese otro Áyax (a partir de ahora el Ayante —tal y como lo nombra Homero en la Iliada—, para diferenciar a uno y a otro), el héroe griego de la tragedia homónima de Sófocles. En efecto, nuestro Áyax no solo es la imagen especular del Ayante, sino que la tragedia de Sófocles corre paralela a Áyax, el buscador de silencio.

Cuando escribí KateÁyax el buscador de silencio penbooks editorialsi, ya visualizaba que algunos de sus personajes iban a protagonizar posteriores secuelas: Áyax, el general Gregorio o el mismo Daimon. Aunque al primero solo se le nombra en tres ocasiones y en diálogos sujetos a una especie de elipsis narrativa, es decir, que se alude al personaje por unas escenas en las que participó sin que el lector sepa quien las llevó a cabo cuando se produjeron, hasta el momento mismo en el que otros compañeros de novela las comentan y desvelan el nombre. No obstante, Áyax… es heredera explicativa de algunas de las situaciones y circunstancias que se dieron en Katesi, en particular de aquellas englobadas dentro de lo policial y de lo sobrenatural.

¿Por qué la convergencia entre Áyax y el Ayante? Tampoco es este el lugar para resumir el contenido de la tragedia de Sófocles, pero sí es necesario mencionar los elementos concurrentes que viajan análogos en ambas obras. Para Áyax, el buscador de silencio, necesitaba un héroe del Ejército español, un tipo duro, potente, extremadamente salvaje, a la vez que arropado con las banderas del honor y del deber. La lectura de la tragedia de Sófocles me proporcionó toda la iconografía mental necesaria para modelar mi particular Áyax: posesión divina —en nuestro caso demoníaca—, locura, dolor, dosis de irreverencia, satisfacción por el deber cumplido…

El Ayante entra en cólera y decide acabar con la vida de argivos y atridas, con la vida de Agamenón y Menelao, con la del mismo Odiseo (Ulises), debido a la injusticia cometida por el tribunal que otorgó la armadura de Aquiles, muerto en las vísperas de la caída de Troya, a Ulises, honor que por derecho le habría de corresponder al héroe aqueo. Sin embargo, en lugar de cometer tales actos, el Ayante da muerte a corderos, bueyes, carneros… del botín troyano, creyendo que se la está dando a los causantes de su oprobio. La tragedia de Sófocles comienza estando el Ayante en ese estado de locura; empieza con los diálogos entre Atenea y Odiseo, donde la diosa explica a su protegido el porqué del delirio al que le ha sometido.

La ira del hijo del rey Telamón la reprime Atenea justamente envolviéndole en un estado de locura. El motivo no es otro que la desobediencia o, más bien, la falta de culto que el Ayante dedicaba a los dioses. De alguna forma, la injusticia en la que incurren los jueces y el posterior arrebato de furia del Ayante sirven a la diosa Atenea de excusa para inducirle ese estado de locura; como castigo a la insolencia que venía mostrando a los dioses. El Ayante no rezaba a los dioses… ni se encomendaba a ellos en tiempos de guerra, en especial a Atenea (vv. 760-777). Tampoco obedecía órdenes de ningún Hombre, de ningún general (vv. 1070 y ss). Iba a las contiendas motu proprio.

Áyax, el buscador de silencioEl Ayante era considerado un megáthymoi, un gran Hombre, por encima del común de los mortales (vv. 155). El Ayante, a diferencia de otros héroes griegos (Aquiles, Perseo…), no cuenta con concurso divino alguno, pero es temido igualmente, ya que se le presume invencible. Ningún mortal puede darle muerte. Esto encoleriza a los dioses, a Atenea en particular. Se interpreta el suicidio del Ayante como para mostrar a los mortales que solo a los dioses les compete quitarle la vida (vv. 920); suicidio como consecuencia directa del delirio provocado por la diosa Atenea, pues la posterior vergüenza (los argivos y Atridas se reían de él: el valeroso Ayante descuartizando inofensivas reses o reuniéndolas en hatos para llevárselas a su tienda. Su fama tirada por los suelos) y aflicción, que después invaden al héroe aqueo cuando recupera la cordura, son los motivos por los que decide arrojarse sobre la espada que le regaló su enemigo Héctor. ( El Ayante se batió dos veces en la Iliada contra el gran Héctor. En el primer combate, ambos quedaron en tablas. Héctor le regaló su espada en muestra del valor demostrado durante la lucha. En el segundo asalto, el Ayante dejó mal herido a Héctor… Pero el honor de darle muerte habría de corresponder a Aquiles. Los dos encuentros que el Ayante sostuvo con Héctor son señal de que ningún mortal podía vencerle. (En la imagen, el suicidio de Áyax visto por el pintor Nicolás Poussin).

En Áyax, el buscador de silencio, Atenea es sustituida por el Daimon, aquí ya no en el rol propiamente de Pan, como en Katesi, sino en el del mismo demonio. El destino de Áyax se lo teje el Daimon… y yo mismo, en un principio, en el personaje del padre Enrique. Aparte de la trama, hay dos sorpresas que esperan al lector. La primera, es que yo mismo me introduzco en la historia dando vida al padre Enrique (Enrique de Rodrigo Montenegro). La segunda, es que Áyax, el buscador de silencio es un ejercicio metalingüístico; es un libro que se construye escribiéndose o aludiéndose así mismo. Los motivos de estas peculiaridades están contenidos en el desarrollo de la historia y que no voy repetir. Apuntar, solamente, que, como se narra en la novela, Luigi Pirandello y su famosa obra, Seis personajes en busca de un autor, están detrás de todo ello. Los escritores, hacedores de personajes, siempre nos encontramos en ese estado cuasi esquizofrénico o de personalidad múltiple que nos obliga a un constante diálogo con lo que fabrica nuestra imaginación. Hay autores que se dejan llevar por sus personajes; otros, en cambio, disfrutan sometiéndolos: no quieren verse presos de sus creaciones. Áyax, el buscador de silencio es también un detalle cómplice hacia a aquellos que, al igual que yo, disfrutan de esa dialéctica, o de ese estado intermedio o «trance» en el que uno no sabe dónde acaba lo real y empieza la ficción, o dónde finaliza esta y comienza aquella; cuestiones todas ellas que toman cuerpo en la novela (pp. 256 y ss).

DEMONIOS Y SACERDOTES

Decíamos que en la tragedia de Sófocles la vergüenza, la aflicción y el dolor llevan al Ayante al suicidio. Haciendo un inciso, como nos comenta la traductora Assela Alamillo, en la edición de Gredos, Sófocles relaciona el nombre de Áyax con las interjecciones de dolor «¡Ay, Ay!» (vv. 430. Pág. 30. Se aprecia, sobre todo, en el plural de «ay», ayes. De este plural se origina Áyax). El dolor, la aflicción, el sufrimiento…, cómo no, no podían faltar en la novela. Pero, en Áyax… no es la vergüenza la que lleva al protagonista al suicidio, sino el irresoluble dilema al que le somete el padre Enrique (o sea, yo, en un claro ejemplo de cómo putear a un personaje), tras haberle creado la confusión de que no es un hombre de verdad, sino un personaje de ficción: si la secuestrada Lourdes era rescatada con vida, Edurne, su compañera de equipo, moriría del cáncer de mama que venía padeciendo; de lo contrario, por el poder que poseemos los escritores para cambiar el rumbo de los acontecimientos, si Edurne se salvaba, Lourdes moriría. Tautología: una de las dos fallecería hiciera lo que hiciera. Y Áyax, un hombre acostumbrado a salir con éxito de las más difíciles situaciones, no podía contraer la frustración, la impotencia y la rabia implícitas en la derrota: volarse la tapa de los sesos fue la solución (p. 262).

Este dilema y posterior desenlace no gustaron al Daimon, por lo que mi participación en la maquinación del destino de Áyax acabó en el preciso momento en el que se pegó el tiro en la cabeza. Después de ganarme una pequeña reprimenda del Daimon, es este quien toma las riendas de la vida de Áyax, pasando mi cadencia al ordenador a mera narrativa descriptiva de las vicisitudes por las que le haría pasar, incluyendo la gran desgracia que le aguardaría, «premio» al éxito por el deber cumplido: la muerte de su amada Jezabel estando embarazada de su primer hijo. Quid pro cuo efectuado por el Daimon: las vidas de Lourdes y de Edurne a cambio de la de Jezabel y la del hijo que esperaba. En el dolor, Áyax quedará fijado al Daimon para siempre, a ese extraño ser que se le aparecía en sueños, pesadillas, en la «vida real», que continuaba con su macabro juego desde que demostró su vinculación con Irene en Katesi, que se hacía deliberadamente visible a los mortales para su desconcierto, búsqueda y captura.

Mi personaje, el padre Enrique, es el de un sacerdote esquizofrénico. Y por las razones que se detallan en la novela, al igual que Áyax, su vida permanece ligada a los designios del Daimon. Trato de envolver en mi estado esquizofrénico al lector desde el mismo momento en que mi mente toma por iglesia lo que en realidad es una clínica psiquiátrica (p. 50 y ss). La descripción de esta escena supone mi primer contacto con el lector, que, dicho sea de paso, es un homenaje a aquella lóbrega secuencia que aparece en El exorcista cuando el padre Merrin, en ayuda del padre Karras, se planta delante de la casa de Regan iluminado con la famosa y tétrica farola, y que en la novela homónima de William Blatty queda plasmada en las páginas 348-349 de la edición de 2009 de Ediciones B, por ejemplo. Película, libro y… música insuperables.

Mi cuerpo y mi alma pertenecen al Daimon. Se los vendí a él cuando infante. ¿Por qué en lugar de un sacerdote poseído por el diablo no uno que comulgara con él? En la película El rito hay una secuencia en la que Anthony Hopkins, interpretando al padre Lucas, ensimismado con la vista de Roma desde lo alto de un mirador, rechaza y desprecia el contacto de una niña que se le acerca cuando ya se advierte que está siendo poseído por el diablo. Parece disfrutar de la posesión. La imagen de toda esa secuencia fue justamente la que me motivó a incluir en Áyax… todo el entramado del padre Enrique, su estrecha y amigable relación con el diablo. Como ya expresé en el making of de Katesi, el magnetismo de Anthony Hopkins es una de mis principales fuentes de inspiración.

SILENCIO Y JUECES CORRUPTOS

¿Por qué el silencio como uno de los protagonistas? El ruido, su exposición constante a él, es algo que afecta a muchas personas. Sus efectos en la salud son enormemente dañinos. Se sufre el ruido que originan los vecinos, el insoportable de las calles y zonas de ocio nocturno, el de las motos, coches, aviones, obras… El ruido impide, entre otras cosas, el descanso, la reflexión o concentrarse en uno mismo. Áyax es uno más de esos sufrientes. ¿A quién no le darían ganas de matar al vecino ruidoso? En Áyax sublimo esta desazón e impotencia del amante del silencio. Por buscar ese silencio, Áyax es condenado a cuarenta años de cárcel, por buscar ese deleite que antecede a la muerte, como también es condenado a vagar en su inmortalidad por el espacio y el tiempo al encuentro de ese otro silencio en el que poder llorar…

Nuevamente, Depeche Mode, esta vez con su Enjoy the Silence, ponen fondo a lo señalado en el párrafo anterior… y a toda la obra. El título de la novela hace referencia al vídeo con el que la banda británica dio a conocer a la historia de la música una de sus mejores canciones, ese en el que David Gahan, ataviado de «rey mago», recorre el mundo buscando silencio, paz y serenidad. La letra, por otro lado, es la antítesis de lo que le ocurre a Áyax. La canción nos habla de una reconciliación entre dos amantes; reconciliación en la que las palabras antes hirientes sobran, no se tienen en cuenta, como las promesas incumplidas, todo es superficial, ya que lo importante es el ahora: el mágico instante en el que nuestro ser querido está de nuevo entre nuestros brazos. El silencio que envuelve esa reconciliación es el que se disfruta; se disfruta sin palabras que puedan perturbarlo…, quizás porque el amor se define mejor sin ellas. En Áyax, por el contrario, no hay reconciliación posible; es dolor contenido, rabia que no explota. Supone también lo opuesto al amor platónico de Ricardo e Irene en Katesi: la imagen de un corazón roto cuya amargura no encontrará nunca consuelo.

Para concluir, por lo que se refiere a la propia acción de la novela, el equipo de Gregorio, en el que está incluido Áyax, se ve ante lo que parece indicar un secuestro: el rapto de Lourdes, la sobrina del juez Breno, el eminente magistrado de la Audiencia Nacional, por parte de unos empresarios rusos de dudosa reputación, que mantenían oscuros contactos con facciones terroristas islámicas del Cáucaso cercanas a Al Qaeda. Al equipo de Gregorio, como al lector, le hago creer eso desde un principio. Pero, como cabe esperar en las novelas de corte policiaco, es todo falso. Se produce el típico giro inesperado. Hay un complot paralelo a las investigaciones de Gregorio y de Áyax urdido por el juez Castellanos, presidente del Tribunal Constitucional, en el que participa el mismo juez Breno, con un propósito muy definido que poco tiene que ver con rescatar a Lourdes. Por cuestiones obvias, no procede desvelar nada más en este making of. Aquí no estoy por la labor de chafar finales, aunque algunas pistas se han publicado en prensa: tiene que ver con el hecho de que mi libro haya sido el primero en tratar el terrorismo de ETA después de que la banda comunicara su cese definitivo de la lucha armada en octubre de 2011.